Un masaje no termina cuando bajas de la camilla. Lo que haces las horas siguientes (y lo que has hecho antes) determina cuánto te dura el efecto. Pequeños hábitos marcan la diferencia.
Antes de la sesión
1. Hidrátate bien el día anterior
La mayoría de la gente llega ligeramente deshidratada. La fascia y los músculos necesitan agua para que el masaje pueda trabajarlos. Bebe al menos 1,5L el día anterior y deja un vasito justo antes de venir.
2. Llega 5 minutos antes
No vengas corriendo del aparcamiento con la respiración acelerada. Llega con margen, siéntate un momento, respira. Empezamos con el sistema nervioso ya bajado de revoluciones.
3. Avísanos de cualquier cambio
Si estás con regla, has empezado medicación nueva, tienes una herida pequeña o algo te molesta especialmente: cuéntanoslo. Adaptamos la sesión.
Durante la sesión
4. Habla si algo no encaja
¿Presión excesiva? ¿Frío? ¿Postura incómoda? Dilo. No «aguantes» — el masaje funciona cuando estás cómodo. Y si una zona es muy sensible, también nos sirve la info.
Después de la sesión
5. Vuelve a hidratarte (con muchas ganas)
El masaje moviliza toxinas y residuos metabólicos. El cuerpo necesita filtrarlos por riñones y los expulsa por la orina. Bebe agua, infusión o caldo durante las 4-6 horas siguientes.
6. Camina suave
No te tires al sofá ni hagas deporte intenso. Una caminata tranquila de 15-20 minutos ayuda al sistema linfático a hacer su trabajo.
7. Cena ligero esa noche
Una digestión pesada después del masaje contrarresta parte del efecto relajante. Verduras al vapor, sopa, fruta. Mañana ya volverás a lo de siempre.
¿Cuándo vuelves?
Para mantenimiento: una vez al mes suele ser suficiente. Si vienes por una contractura concreta: 2-3 sesiones en 2 semanas y luego espaciamos. Te lo decimos al final.